Berlanga habla de si mismo (cuartilla inacabada)

Histórica y estadísticamente en España los humoristas se reclutan entre dos grandes grupos, los sordos y los amargados. Dado que oigo más o menos bien y que según los críticos soy humorista, he de creer que pertenezco al grupo de los socialmente resentidos. Hasta mi ingreso en el cine yo he sido un señorito de provincias, uno de esos “vitelloni” que tan magistralmente ha descrito otro ex-inútil, Fellini; con mis amigos me sentaba en un banco de piedra y veíamos desfilar a la gente. Hemos despreciado a todo el que osaba desfilar por delante de nuestro ocio, pero confieso que no hemos odiado ni sentido envidia al saber que cada uno de aquellos que cruzaban tenía auto, corbata de seda, novia estupenda o elegante tuberculosis. Con todo esto quiero decir que no estoy de acuerdo con los que me encasillan como satírico. Barnizar con una fina ironía, quizá por vergüenza de expresar abiertamente nuestra ternura, todo aquello que nos rodea, no da derecho a centrar a uno en el áspero ejército de los Aristarcos. Yo soy un gran egoísta, tan gran egoísta que lucho por la felicidad de los demás, sólo para que no me molesten. Y por esto mismo no me interesa señalar puntos de ataque a futuros ejércitos sino disfrutar de los paisajes que en este lado, llamémosle civilización occidental, tenemos. Si pretendo ensanchar, pues, mi cantón independiente o por lo menos delimitar sus fronteras surge inmediatamente la calificación de humorista. Sólo pido que Dios sea humorista en la medida que yo lo deseo.

Soy anárquico hasta en mi cristianismo. Para poder amar a Dios he de humanizarlo aunque tenga que ser en la venerable figura que nos dibujaba el catecismo. Y una vez construida su figura, he de darle después atributos que Él nos regala y que por no sé qué dogmas o respetos extraños parecen negársele oficialmente. Quiero decir que aparte su omnipotencia, le confiero sentido del humor, ganas de divertirse, afán de echar una mano a quienes creemos o queremos que el mundo se salve a través de la ternura y de la sonrisa.

Estoy pensando en un film desde hace tiempo donde Dios nos regala un milagro al mundo actual, pero un milagro donde al mismo tiempo hay una gran burla contra todo el descreimiento activo y donde el castigo a los impíos, a los que mercantilizan con la fe tiene todo el aire “reneclairesco” de…

Luis García Berlanga

* Film Ideal, nº 21-22. Madrid, julio-agosto de 1958.


Año
1958

Idioma
Español