Discurso del Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia

Honorable Sr. Conseller de Cultura, Educación y Ciencia, Excmo. Sr. Rector Magnífico de la Universidad Politécnica de Valencia, Excmo. Sr. Rector Magnífico de la Universidad Miguel Hernández, dignísimas autoridades, señores miembros de la Comunidad Universitaria, señoras y señores:

Mis paseos adolescentes por Valencia me conducían inevitablemente a las tapias de los colegios de monjas, Godella sobre todo, a suspirar por las muchachas allí encerradas, adorables receptoras de las ligeras y tiernas cartas de amor que junto a José Luis Colina y Vicente Andrés Estellés lanzábamos lastradas con piedras para alcanzar el otro lado del muro; piedras que, estoy seguro, descalabrarían alguna cabeza cubierta por la toca.

Pero, de vez en cuando, miraba algo más que las románticas fronteras de los internados. Mucho antes de mi vocación cinematográfica, sin saber a qué sería debida, una extraña curiosidad me empujaba a recorrer la ciudad calle por calle, balcón por balcón, plazuela por plazuela, buscando escenarios, por reducidos que fuesen, en los que situándome en el lugar apropiado, y debido a ciertas características de la fachadas, las farolas, los árboles, y los diseños de los escaparates, mi mirada desembarcaba en lugares tan distantes y distintos como Hong-Kong, Londres o Tombuctú.

¿Era aquello un simple juego de imaginaciones, un latente deseo de fuga o quizá una premonición del valor que los decorados tienen en el cine? No lo sé, pero en todo caso, en esa búsqueda de espacios de realismo mágico estaba también otra obsesión que me ha acompañado toda mi vida. Valencia como ciudad a descifrar. Aquel juego de trucar paisajes podría ser también el sueño de quien diversifica sus espacios multiplicando a través de esa visión travestida los ámbitos que desearía para su devenir de paseante.

Yo mismo, en este momento, me pregunto qué haré, qué miraré, qué desearé cuando a las siete y cuarto en punto de esta tarde me detenga en cualquier acera, nada menos que en mitad del espacio, a pensar en la ciudad que deseo. Y quizá descubra que, detrás de este vértigo, se encuentre un complejo de Dios, ignorado por Freud, y consistente en crear nuestro propio universo; un complejo del que están contaminados fundamentalmente directores de cine y arquitectos.

Es fácil comprender, pues, por qué me considero antes que nada ciudadano del mundo, aunque no haya dejado nunca de resaltar unas ciertas características personales que me vinculan a esta ciudad y a estos litorales donde recibimos la espuma de esas olas que nos traen la mediterraneidad.

Siempre he declarado que mis películas son falleras, pirotécnicas y rodadas sobre la base de la inspiración instantánea, es decir, el “pensat y fet” del que alardeamos, al menos yo y espero que alguno de los presentes.

Sin embargo, es mi obligación desvelar ciertas contradicciones en ese bagaje valenciano que he descrito. Con ello entro en la vocación que tuve en mi juventud hacia el mundo de la Arquitectura, que hoy con tanto honor me galardona, a la cual no pude dedicarme dado que los dos años de Ciencias Exactas, que exigían para entrar en la Escuela, se convirtieron en un muro infranqueable.

Una de las contradicciones a las que antes aludía se basaba en por qué un valenciano, el cual ya tenía sedimentada esa visceral conexión con un barroco excesivo, podía apasionarse con el depurado y pascaliano movimiento racionalista que descubríamos tras el noviazgo con la Bauhaus de Gropius, Van Der Rohe y los ismos simultáneos. ¿Qué tenía que ver mi admiración por las construcciones festivas de Cortina, Villalba o Regino Más, los cuadros de Pinazo, Sorolla, Muñoz Degrain, Mongrell o las esculturas de Benlliure con el expresionismo de Mendelson, el funcionalismo expresivo de Alvar Aalto, la arquitectura orgánica de Frank Lloyd Wright o la ciudad radiante de Le Corbusier? ¿Estos amores pendulares tan violentamente distintos en qué dirección inclinaban mis procesos creativos?

Salvo algunos bocetos que quizá estén por mis desvanes, la solución fue rotunda. El cine me condenó a la opción mágica. Recuerdo que la decisión fue tomada en el cine Rialto, a mitad de la proyección de una obra de Pabst y, de forma casi milagrosa, como si yo fuera Bernardette y la pantalla la gruta de Lourdes donde aparecía la Virgen, en este caso, la película. No habían influido antes circunstancias como la de que un tío mío, Luis Martí Alegre, hubiese rodado antes “El Faba de Ramonet”, la primera película hablada en valenciano, ni tampoco que otro pariente rodase con una Pathe Baby escenas familiares. Esta duplicidad de mis amores artísticos no se produjo en el cine. Entre Bergman, Bresson, Antonioni, y Lubistch, Billy Wilder, Preston Sturges, Chaplin, Keaton o los Hermanos Marx, no hubo dudas o inquietudes. La comedia se convirtió en el mensajero de mis ideas y, desde mi primera película hasta incluso “Blasco Ibáñez” –mi última obra–, el humor ganó la batalla. Aparte de que creo que la comedia es el gran género por excelencia, ¿cuál sería el lugar exacto donde colocar mi obra cinematográfica? Todas mis películas, bajo su caparazón divertido, tienen el mismo discurso. Se inician con alguien que tiene un proyecto de futuro en el que naturalmente está incluido el bienestar deseado y las dotaciones para ello. Y junto a ello, obviamente, la libertad personal como necesidad paradójicamente imperiosa.

Pero en ninguna de ellas desde “Esa pareja feliz” a la última realizada, el protagonista puede alcanzar su meta. La sociedad le tiende sinuosamente las trampas suficientes para que su sueño, individual o colectivo, llegue a realizarse. La letra impagada de Plácido, la venta de porteros automáticos del industrial catalán que paga una cacería para lograrla, el pueblo castellano que se disfraza de andaluz para recibir a los americanos y su plan Marshall, el científico que huye de su país y se refugia en un pueblo llamado Calabuch, el dentista parisién que renuncia a todo para encerrarse con una muñeca, y, sobre todo, el pobre empleado de una funeraria que por casarse y recibir una vivienda termina como verdugo, asesinando legalmente a un ciudadano, son en resumen donde los protagonistas convierten sus vidas, o mejor dicho, mis películas en crónicas de un fracaso.

¿Es trasladable este pesimismo, este recelo ante la sociedad que me cobija, a mi propia biología? Posiblemente. Estamos viviendo un envejecimiento social que nos conduce inevitablemente a una soledad para la que no estamos preparados. En una película mía, “Tamaño natural”, intuyendo ya esta tendencia a la incomunicación, retraté a un personaje que, teniendo la lucidez de adivinar esta programación robótica, decidía inventar una soledad lúdica. Abandonaba mujer, amante, amigos, profesión, etc., aislándose en un recinto para gozar en lo posible la vida no compartida.

Su error fue el hacer partícipe del aislamiento a una muñeca de tamaño natural, la cual acababa convirtiéndose en el Caballo de Troya del que surgían todos los virus que él había querido erradicar: la relación forzada, la rutina, los celos, las mortales seducciones del deseo, que acababan empujándole al suicidio. Por cierto, el único suicidio en mi filmografía.

Pero aunque esta historia fuese una ficción, la realidad es mucho más grave. Hoy estamos más cerca de una imposibilidad ciudadana de darnos las manos. Salvo en las misas, donde aparte de ser impuesta como ceremonia, no puedes acompañarla del diálogo necesario para la discusión afectuosa. Ya existen muchos seres encerrados con un solo juguete. Hoy será internet; mañana, otro invento que convierta la realidad virtual en un viaje sin retorno.

No voy a pedir socorro para que evitemos esto. Ya han existido personas que han logrado enriquecer esta soledad, creando un universo a su medida en el que la androginia es su único censo. Hablo de mi amigo Pierre Molinier, el pintor surrealista que vendría a ser el pionero de una sociedad capaz de eliminar todo lo colectivo, como sectas, religiones, partidos políticos, ideologías, estados, etc.; una sociedad que empezase a liberar individuos, que a su vez generasen su hábitat; una sociedad posible, en definitiva, y algún día al alcance de nuestras manos. En todo caso permítaseme la utopía. Pero mientras la esperamos, intentemos calmar nuestros paisajes, quitar polución a las miradas y aguantar el tipo algo más felices de lo que estamos ahora.

Pondría un ejemplo: Valencia. Si observamos cualquier plano de ella, mejor el del Padre Tosca, veremos claramente que su planta es exacta a la sección de un caracol, cuyo centro vendría a ser la Plaza de la Virgen y el fin de su espiral las Torres de Quart. Esta condición de centrípeta y centrífuga conferiría al cuerpo vital, allí enclaustrado, la doble opción de encerrarse o facilitar su fuga. Creo que esta es la propuesta que siempre ha hecho nuestra ciudad; proyectarse hacia el exterior a nivel humano. Las Torres de Quart serían como los cuernos del caracol, tanteando la salida hacia una España que siempre secuestró a nuestros ingenios. Pero en lo material, en el cuerpo biológico y en sus vitales excrementos, la tendencia ha sido siempre centrípeta hasta acabar destruyendo con el tiempo su propio embrión, la Ciutat Vella y erosionando el resto del molusco gasterópodo.

En este momento esta ciudad-caracol, que ha derribado mi cuna y la de tantos otros; esta ciudad, que se niega a acercarse al mar para acariciarlo o a la inversa, no ha dejado que las olas entren por sus ventanas; esta ciudad que alguien insensato bautizó como la de las flores cuando precisamente no hay un balcón que las luzca; esta ciudad que se conforma con que no le quiten el Sol al Botánico en vez de exigir multiplicar su vegetal espacio; esta ciudad, que tarda años en recuperar su más genuino Palacio –el del Marqués de Dos Aguas–, que tampoco puede llegar a inaugurar en el año de Ausias March el gran Museo Marítimo que se merece, ni hacer vivo, sano y funcional el sector superviviente de su centro histórico; esta ciudad que está perdiendo el esplendor de su huerta, que congela la esperanza de unos ciudadanos a poder sentarse en un banco del Parque Central prometido; esta ciudad, repito, que sabemos mejorable, está exigiendo irremediablemente el esfuerzo de todos, porque, aún siendo evidentes los logros de las instituciones, debemos desterrar de nosotros, del habitante esa absurda comodidad que tenemos de que sólo ellas nos arreglan la vida. Y más aún en Valencia, donde al supuesto maná del Estado del Bienestar, enfrentamos nuestro tradicional seminfotismo, indiferencia que a veces nos avergüenza con escasas movilizaciones ciudadanas en momentos que toda España se había echado a la calle.

Precisamente estas dos inmensas concentraciones que todos sabemos fueron espontáneas y sobre todo no convocadas por ningún organismo, magnifican una respuesta civil que es capaz de ocupar la calle con autoridad suprema. Quizá estos dos acontecimientos sean la despedida agónica de una ciudadanía responsable, pero en todo caso esta reacción nos podría servir para dejar resueltas algunas carencias actuales.

Yo estoy exiliado en Madrid, pero tengo aproximación a estos problemas a través del Consell de Cultura del que soy miembro. Y me gustaría que a través de él nos contactásemos todos los valencianos para cambiarnos los cromos tal y como hacíamos de niños. No hablo de un “cabinismo” donde depositar propuestas que parezcan votos. Se trataría de establecer unas conversaciones entre aquellos que pudieran articular soluciones posibles y no faraónicas o quiméricas, para así poder romper las barreras entre la Administración y los administrados; que esa presencia súbita, no redactada, sea el inicio de una esperanzadora participación ciudadana en el apaño de nuestra casa común, que no sólo es Valencia, sino todas las casas y tierras de la Comunidad Valenciana.

Y ya que no podemos, parece, hacerlo con la filología, hagámoslo al menos con todas aquellas cosas en que se supone el consenso. Empecemos a hablar entre nosotros, no sólo de fútbol o de tómbolas; empecemos a mirar a nuestras ciudades, como os decía al iniciar estas palabras, echando entusiasmo en cada esquina, en cualquier recinto urbano; salpiquemos pues de esperanza este deseo. Y cuando esté terminada, ¡ojalá!, esta ciudad-paisaje, es decir, el decorado de la película, abramos las calles, las casas, los parques, los museos, los teatros, los hoteles, los comercios, etc., a los protagonistas, que en este caso serían, o mejor dicho sería la vecindad entera, a que narren a los espectadores historias que nos recuerden a las de Blasco Ibáñez. Y sobre todo, que el final de la película no sea ni siquiera el Milenio.

Muchas Gracias.

Luis García Berlanga

* Discurso del Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia Excmo. Sr. Don Luis García Berlanga Martí, leído en el acto de su investidura el día 2 de octubre de 1997.


Año
1997

Idioma
Español