Pornógrafo y puritano (El sexo en Buñuel)

Durante unos años recuerdo que se hablaba de las tres “Bes” del cine español, Buñuel, Bardem y Berlanga, aunque tal vez la cosa fuera por lo de “Bueno, bonito y barato” a lo que aspiraban los productores de la época, una vez que se acabara con los magníficos gastos de los grandes estudios y la potente industria cinematográfica nacional en cuyo desmoronamiento colaboramos. Si algunos lamentamos el hecho tardíamente, tras nuestra ceguera y entusiasmo juvenil, tal vez Buñuel fuera el más consciente de a lo que lleva la pobreza de medios, tras haber sido durante la República responsable de la boyante y luego malograda empresa Filmófono y haberse visto después obligado a hacer cine alimenticio con escaso presupuesto en el extranjero. Aunque la imaginación y el genio siempre supieran sacar recursos insólitos de la miserabilización del entorno.

Descubrí a Buñuel durante la guerra civil, en medio de una realidad trágica y convulsa que nos devolvía a la España más negra y esperpéntica, yo era un adolescente que me sentía vivir en unas largas vacaciones. El Gobierno se había trasladado a Valencia y también la vida cultural. Sin bombardeos, nuestro refugio favorito eran las librerías, en las que mi pasión por la literatura decadente del XIX se vio sacudida por la frescura libertaria de los surrealistas franceses, como hallazgo que estimulaba el espíritu de revuelta que podía tener un joven de mi edad en aquel tiempo turbulento.

Fascinado por aquella subversión de los conceptos, tuve ocasión de ver “Un perro andaluz” y “La edad de oro”. Dos películas que fueron determinantes para descubrir mi vocación, que hasta entonces se había limitado a balbuceos en la pintura y la poesía. Aunque me produjera mayor conmoción la perfección formal de Eisenstein, la libertad de ideas que aportaban aquéllas abría todo un magnífico universo a la imaginación. Pensaba entonces que eran obra de Dalí, y que Buñuel sólo había aportado el trabajo técnico a la hora de rodarlas. Fue más tarde, al ver “Tierra sin pan”, cuando me percaté de la verdadera categoría del maestro.

En conversaciones con José Bello, años más tarde, supe la importancia que había tenido para él su paso por la Residencia de Estudiantes y el encuentro con una generación de brillantes jóvenes con talento y algo disparatados a los que el inigualable Pepín (esto es opinión mía) ilustró y modeló desmodelando para convertirlos en un grupo de genios.

Sin tal casualidad catalizadora, nos hubiéramos encontrado con un Luis Buñuel, turolense, de marcada educación jesuítica, de la que por otro lado no se pudo desprender en toda su vida, a pesar de sus irreverentes esfuerzos que iba para ingeniero industrial y cuyas únicas aficiones eran el boxeo y otros deportes bravos. Lorca le enseñó a escribir y Dalí a escarbar entre los fantasmas. él puso el sentimiento bruto y de ahí surgió la fuerza demoledora de su cine. Esa facultad para mostrar las batallas interiores del espíritu humano en lucha contra el peso de las educaciones destructivas. El ánimo de la subversión bestia que emana de un sustancial recato.

Buñuel trató el erotismo por Dalí y por Bataille como una fuerza misteriosa e incontrolable cercana a la idea de la muerte, sin llegar a liberarse nunca de la idea del pecado, que reforzaba aún más su relación blasfema. Cuando realizó “La vía láctea” incluso recibió premios de la Iglesia, y es que en el fondo nunca dejó de ser un católico medular encabronado. Se enfadó mucho cuando en los años 70, en París, en ese tipo de entrevistas que estaban por entonces de moda, a las que tenías que responder automáticamente a un nombre, o a un concepto, cuando me propusieron “Buñuel”, yo dije: “Pornógrafo”. Una asociación de ideas natural que a la hora de la meditación siempre resulta fallida, porque su fondo, más que libertino, tenía algo de puritanismo evangelista.

De hecho sé que cuando le hicieron una proyección de “El último tango en París”, seguida de mi película “Tamaño natural”, salió escandalizado, sin comprenderlas, aunque en mi caso yo llegase a rendir tributo a la que me parece con diferencia una de las mayores obras maestras del siglo, “La vida criminal de Archibaldo de la Cruz”, ese ensayo de un crimen como sublimación de la fuerza mortal de la pasión sexual trasladado a una representación artificial del ser amado. Junto a él, me parece la cumbre de su cinematografía, aunque su etapa mexicana la calificase de puramente alimenticia. Recuerdo ahora que lo visité en México, donde se mostró como un perfecto “cicerone”, fuimos a visitar al Indio Fernández a la cárcel y me mostró su colección de pistolas, aparte de aficionarme al Dry Martini, la única bebida alcohólica que soportó, aunque a ciertas horas él se entregaba al “Buñueloni”, un cóctel que se había inventado, una especie de “Negroni” a su manera, que no tuve el placer o la desgracia de querer catar.

Me han mostrado recientemente una carta dirigida a Ricardo Muñoz Suay en la que recuerda gratamente aquellos días, y en la que envía un saludo al “derechista” Berlanga. Eran los tiempos en los que ilusionados, enfrentados a la Industria, creamos la productora Uninci, con una infraestructura de ideología económica comunista que nos acabó llevando a la ruina.

Pero al menos, gracias a la habilidad y generoso entusiasmo de un hombre excepcional como Gustavo Alatriste, se llegó a realizar “Viridiana”, otra obra maestra que se llevó la Palma de Oro en Cannes y que fue prohibida por el régimen de Franco por sacrílega. Fueron tiempos en que en Madrid nos tratábamos con frecuencia, yendo a cenar al Asador de Fuencarral, que le gustaba mucho, hasta que se distanció prefiriendo la compañía de Paco Rabal, Carlos Saura, Muñoz Suay y otra gente más cercana al Partido.

Su carrera en Francia, su explosión internacional definitiva, me parece menos interesante. El erotismo alambicado y parisién que le aportó Jean Claude Carrière (que me discutía sobre cómo se debe sentar una mujer en un bidé), carecía de la intensidad y el trastorno que podían producir los guiones de Luis Alcoriza o Julio Alejandro. Sin embargo, no hay nadie que no se rinda ante detalles de “Diario de una camarera” o “Belle de Jour”. Yo, al menos, por más que lo he intentado, nunca he podido dejar en una película un misterio sin explicación, como el de la caja china que dejaba atónita a Catherine Deneuve. Y es que, sobre todo en el caso de Buñuel, hay que quitarse el sombrero ante la sencilla capacidad de superar a la razón.

Luis García Berlanga

* “Buñuel, 100 años”. El Cultural. El Mundo, Madrid, 13 de febrero de 2000.


Año
2000

Idioma
Español