Lola Millás

En compañía de Berlanga

Querido Luis:

Ahora, cuando ya han pasado tantos años desde que, juntos, comenzamos a trabajar para que el cine español fuera conocido más allá de nuestras fronteras, me veo en la necesidad de ponerme en contacto contigo, aunque sea de forma virtual, para que me acompañes en una tarea que me acaban de encargar y de la que tú eres el protagonista, por lo que no sabría como arrancar si no es en tu compañía.

La Filmoteca de Valencia, esa tierra en la que ambos nacimos, está trabajando en una web llamada Berlanga Film Museum, donde se pretende recoger “on line” todo aquello que haya afectado a tu mundo, el de aquí, pues ahora no acabo de entender dónde te encuentras por más que, teniendo en cuenta aquello de la teoría del eterno retorno, te he buscado una y mil ves entre los árboles de la Casa de Campo y del Retiro, en el Cine Doré y también en alguno de los restaurantes del viejo Madrid a los que solíamos acudir para comidas de trabajo, aunque en realidad terminaban siendo lo más parecido a una secuencia de cualquiera de tus películas.

Como verás, me han transmitido la labor que piensa llevar a cabo la Filmoteca de Valencia por medio de un lenguaje moderno y adaptado a las nuevas tecnologías. Creo que no necesitas que te lo explique, pues como podrás apreciar tiene ciertos toques de surrealismo y de eso, tú, siempre has sabido mucho. Por otro lado, si hubieras podido rodar aquella cuarta película de la saga de los Leguineche que se quedó en el aire, según tu productor por culpa del Ministerio de Cultura, estoy segura de que la propia saga tendría su página web y se podría visitar en la Red, un lugar por el que nos hemos acostumbrado a “navegar” sin necesidad de contar con una embarcación; ¿cabe más surrealismo?

Pues bien, Luis, si te parece haremos memoria del final de los setenta, cuando el entonces Director General de Relaciones Culturales, Amaro González de Mesa, me encomendó crear una filmoteca con fondos de películas españolas con objeto de hacerlas circular por centros culturales y departamentos de español de las universidades extranjeras. Como bien dijo Amaro, que era un hombre sensato y divertido aunque también fue Embajador, la Dirección estaba difundiendo la cultura española por todos los países en donde se encontrara una representación diplomática o consular. Lo hacía a través de nuestra literatura dando a conocer a nuestros escritores, con exposiciones de pintura, música en vivo, becas y todo cuanto, en materia de cultura, estaba a su alcance. Pero, curiosamente, en pleno siglo de la imagen el cine no contaba con un espacio que lo representara. A mí aquella propuesta me pareció fantástica y aunque no tenía ni la más remota idea de cómo se montaba una filmoteca ni tampoco cómo se gestionaba en cuestión de derechos culturales,  pasando por alto estas cuestiones y dado un grado de locura que siempre me ha caracterizado a la hora de tomar decisiones, acepté hacerme cargo de aquel trabajo “de cine”.

Lo primero que hice fue recurrir a la ayuda de amigos como Ramón Rubio, de la Filmoteca Española, y de su mano llegué hasta la tuya, comenzando así un encadenado de contactos con productores, directores y más tarde actores de cine de los que guardo un grato recuerdo. Pero ahora estamos tratando de traer al presente aquellos momentos en los que nos encontramos por primera vez. En realidad fue sencillo porque tú y también tu productor, Alfredo Matas, estabais dispuestos a ceder los derechos de tus películas a la nueva Filmoteca del Ministerio de Asuntos Exteriores; y no sólo eso, también me aportaste algunas ideas que me fueron muy útiles a la hora de emprender semejante aventura.

“Me parece que lo primero que deberías hacer, dijiste, es recuperar todas las copias de películas españolas que desde hace años deben estar almacenadas en sótanos de embajadas y consulados. Incluso pienso que algunos embajadores deben sentarse sobre las latas de determinados títulos de los que no se quieren desprender. No creo que te resulte difícil porque en el momento en el que les digas que tienen en su poder un material inflamable y que el Ministerio está dispuesto a reponerles con medios que se ajustan a los tiempos que corren un catálogo de cine español, verás como reaccionan”. Así fue como siguiendo tus sabios consejos me puse a inventar el contenido de algo que en la Administración se llama una orden circular y que como su nombre indica circula por todas la representaciones de España en el exterior.

La respuesta no se hizo esperar y de esta forma se recuperaron copias que ya se daban por perdidas y que pasaron a incrementar los archivos de la Filmoteca Española.

Poco a poco, Luis, y creo que sin apenas darnos cuenta, nos fuimos convirtiendo en cómplices, amigos y también en compañeros de viaje dentro de ese mundo fantástico que es el cine en el que tan bien supiste moverte.

En 1983, cuando la Filmoteca de Exteriores llevaba poco más de cuatro años de andadura, el Director del Instituto para la Promoción de la Cultura Hispánica de la Universidad del Sur de California, Ramón Araluce, junto a su Asistente de Dirección Samuel Mark, nos propusieron organizar un ciclo de películas tuyas para que partiendo de este Instituto fuese recorriendo otras universidades americanas hasta alcanzar un número de veinte en el plazo de dos años. Esto que dicho así parece muy sencillo llevó su tiempo y ahí, de nuevo, contamos con tu colaboración y la de Alfredo Matas, aquel productor entrañable y culto con el que recuerdo viajamos a París, pero eso sería más tarde. El Director General, entusiasmado al ver crecer aquel trabajo que un día me propuso poner en marcha sin contar con presupuesto propio, pues al principio la filmoteca se alimentaba de los flecos económicos que iba arañando como podía del resto de las secciones que configuraban la Dirección General, no puso ningún inconveniente para aceptar el gasto que, en aquellos momentos, suponía subtitular las copias al inglés.

Así fue como viajaste junto a tus películas y tras un recibimiento que ni tú mismo imaginabas fuiste testigo del estreno de “Esa pareja feliz” en el teatro Norris de la Universidad del Sur de California el 12 de noviembre de 1983. Poco después, el día 20 clausuraste el ciclo en un encuentro con tu nuevo público y de esta manera el circuito continuaba su marcha camino de la Universidad de San Diego.

A tu regreso, mientras me ibas dando detalles de cómo se fue desarrollando aquel viaje tuyo, yo te escuchaba creyendo que me estabas contando una aventura de Mr. Marshall en otro registro porque, de pronto te habías convertido en Kafka.

Como ya sabes que siempre hay opiniones para todo, hubo quien pensó que tu humor era demasiado local y no se iba a entender en EEUU ¡éramos tan catetos!   Pero se entendió y desde entonces y hasta el momento de mi jubilación tu cine no dejó de circular por América. Porque, mira, Luis, hay cosas difíciles de explicar o, mejor dicho, que puedan comprenderlas en una Institución Pública. Pero tú y también yo nos fiábamos de nuestra intuición y siempre que lo hacíamos las cosas salían bien, tal vez porque los dos fuimos un poco falleros o simplemente porque nos gustaba soñar. También debo decir que tuvimos la suerte de que a Amaro González de Mesa le sucediera en la Dirección General mi nuevo jefe y todavía muy querido amigo, Miguel Arias, aunque como todos, terminara siendo Embajador… él también es un soñador que aceptó sin dudarlo una receta explosiva que ahora no recuerdo quién la ideó y que se cocinaba de la siguiente manera: una cantidad al gusto de socarronería, buena parte del erotismo de “Tamaño natural”, un poco de la desazón y la caspa de “Plácido”, otro tanto de la ilusión e ingenuidad de “Bienvenido, Mister Marshall”, algunos toques de ácido corrosivo de “El verdugo” y a partes iguales algo de la soledad de “Calabuch” y de la ternura de “Esa pareja feliz”. Después, sazonar al gusto con la locura aparente o real de tu trilogía: “La escopeta nacional”, “Patrimonio nacional” y “Nacional III”. De esta manera llegaremos a encontrarnos camino de Tombuctú o de Calabuch, que viene a ser lo mismo, siempre que no nos olvidemos de pronunciar la palabra “austrohúngaro”. 

Gracias a esta receta mágica, hicimos diferentes viajes y en uno de ellos y precisamente junto a Miguel Arias nos vimos inaugurando la Casa de América en Madrid, justo en el Palacio de Linares, ese misterioso espacio en el que metiste a los componentes de tu ya citada trilogía. Parecías un poco desorientado en aquel lugar que en otro momento hiciste tuyo, pero Alfredo Matas trataba de reconducirte por aquellos salones restaurados en cuyos techos habían surgido como por arte de magia pinturas que el paso del tiempo había ido ocultando. Tu desconcierto llegó al máximo cuando descubriste que en los bajos del Palacio había una cocina… Nunca los Marqueses tuvieron cocina, dijiste pues les traían la comida de Lhardy y tenías razón, aquella cocina era nueva. Culminamos el viaje con un almuerzo en el antiguo comedor de los marqueses y fue todo un lujo hacerlo en tu compañía.

Siempre estuviste dispuesto a apoyar cualquier iniciativa que sirviera para que los cimientos de nuestra cinematografía fueran cada vez más sólidos y apoyar la promoción de ese séptimo arte que a tantas gentes asentadas en el poder les cuesta aceptar como parte de nuestra cultura. Así fue como viajamos juntos a París para presentar otro de tus ciclos en lo que entonces era Centro Cultural Español, convertido más tarde en Instituto Cervantes. Recuerdo aquel viaje de manera muy especial porque también Alfredo se nos unió junto a una de tus actrices fetiche, Amparo Soler Leal, mientras que a ti te acompañaba tu inseparable María Jesús. Ya de regreso, en el aeropuerto, tuvo lugar una escena berlanguiana, puesto que tú, Luis, has sido el más berlanguiano de todos tus personajes. Estabas a punto de pasar el control de pasaportes cuando, de pronto, la bolsa de mano de la que no te separabas se rompió dejando esparcida por el suelo la colección de libros eróticos que habías conseguido rastreando algunos rincones de la ciudad.

Tu cine fue realista, impresionista, y todavía lo sigue siendo en la actualidad. También fue tantas veces premonitorio a pesar de aún no hemos conseguido que se vayan “Todos a la cárcel”

Recuerdo que cuando en España todavía no se podía aceptar el cine de Almodóvar dada la estrechez de miras en la que estábamos inmersos tú ya nos anunciabas que Pedro sería una nueva ventana para el cine español que abriría nuevos caminos y ahí está, no te equivocaste.

Para mí que fui siguiendo de cerca cómo el cine español, desde la labor realizada en el Ministerio de Exteriores, no sólo era bien recibido en otros países, sino que su demanda ya era imparable, tu caso resultó ser excepcional, dado que tus películas eran un tesoro inexplorado más allá de nuestras fronteras. Claro que lo de EEUU fue algo excepcional porque, además, aquellas universidades contaban con medios suficientes para promocionar un material hasta entonces desconocido. Pero ningún centro cultural o departamento de español de las universidades extranjeras se quedó sin saber de tu cinematografía. Algunas veces pudieron contar con tu presencia y otras no y, claro, eso no te gustaba porque como era de todos sabido porque lo habías repetido en innumerables ocasiones, padecías como patología freudiana el complejo de Dios y como tal deberías poder ver a la vez todos los canales de televisión, todas las películas que se estuvieran proyectando en cualquier lugar y, claro, también hubieras deseado estar a la vez en Lima y en Bello Horizonte, pero en este aspecto no pudimos complacerte amigos ni familiares.

Nuestro grado de complicidad crecía a la par que los fondos de la Filmoteca y también mientras me encargaba de crear el área audiovisual de la Casa de América, de manera que por unas cosas u otras, siempre terminábamos encontrándonos para apoyar la puesta en marcha de un nuevo festival en España. Así ocurrió con el Festival de Cine de Comedia de Peñíscola, en el que tras varias ediciones pudimos incorporar una sección de comedia latinoamericana de tal forma, que esta muestra a la que acompañaban toda clase de éxitos quedó así ligada a la Casa de América y más tarde, como consecuencia de todos estos contactos, la Filmoteca de Exteriores ya no sería solo de cine español, sino de cine en español pues comenzó a adquirir derechos de realizadores del otro lado del Atlántico.

Todo esto que parecía ocurrir de forma casi natural, ahora, cuando han pasado unos cuantos años permite ver todo el trabajo que se iba forjando del conocimiento de otras personas, conocimiento que tantas veces se tornaba amistad. Precisamente, ahora, mientras escribo estas letras sin orden ni concierto quiero decirte que, como me ha ocurrido contigo, también he andado buscando inútilmente a otros de nuestros amigos comunes como fueron Agustín González, Juan Antonio Bardem o Tedy Villalba. De este último, cuya compañera Sol Carnicero me ha hecho este encargo para tu futuro Museo, he llegado a hacer una búsqueda que me llevó hasta una pastelería en Valencia, junto a la Estación del Norte. Tedy y yo solíamos escaparnos para comprar empanadillas de boniato en el escaso margen de tiempo que nos concedía el trasbordo del tren procedente de Madrid a otro que debería trasladarnos hasta Benicarló. Como te digo, todo ha sido inútil, Luis, pero yo no desespero, porque si este reencuentro contigo en el ciberespacio da resultado, quiero decir, si me muestra otra cara de la existencia que permanecía oculta, estoy dispuesta a ir en busca de los demás porque, ciertamente, no puedo olvidaros.

Lo del Festival de Peñíscola estuvo muy bien, fue un éxito, conseguimos crear un nutrido grupo de amigos con los que más tarde pude emprender otras actividades, pero más tarde se lo comió algún político que también quería ser Dios.

Recuerdo que nada nos detenía porque cada grano de arena que pudiéramos aportar al cine dentro o fuera de España era como estar descubriendo nuevos mundos y por eso tampoco dejamos de implicarnos en la Muestra de Cine de Teruel a donde viajábamos en un taxi que nos enviaban los organizadores de la Muestra para que no nos perdiéramos, porque aquí siempre se ha dicho que Teruel no existe. Pero nosotros sabíamos dónde estaba y nos pareció tan importante como cualquier otro lugar. Recuerdo un viaje en el que fuiste corrigiendo las novelas que iban concursar para el premio de La Sonrisa Vertical, del que eras Jurado. Durante ese recorrido hablaste poco… Luego en un hotel junto a Plaza del Torico, nos podíamos encontrar con algún personaje como Pedro Beltrán que cantaba con música de Zarzuela a la vez que escenificaba el asalto al Congreso del 23F, ante los ojos atónitos de una comisión rusa que formaba parte del grupo de invitados. Él fue quien nos dijo que tú rodabas en estado de tonto angélico porque, al parecer, se decía que presumías de ir a los rodajes sin un plan preestablecido y dejabas en libertad a tus actores hasta que, de pronto, algo te ponía en marcha y ahí comenzaba el “silencio se rueda” Allí, en Teruel, pasaba un poco de todo y la gente no se perdía una sola proyección y menos aún una de aquellas mesas redondas en las que estabais presentes directores, actores, guionistas… todas las gentes del cine en estado puro. Todos y cada uno de ellos habían llegado hasta allí en taxi, como nosotros. No sé si recordarás aquella ocasión en que el taxi de Pedro Beltrán, no acababa de llegar y todos andábamos inquietos porque entre otras cosas como todavía no teníamos teléfono móvil no había manera de saber lo que ocurría. Pero al final llegó aunque antes, Pedro, le había indicado al conductor que deberían pasar por Cuenca para ver a un pariente suyo y así se hizo.

Ahora me viene a la memoria aquella cena memorable en Valencia, durante una de las ediciones de Cinema Jove, donde Ricardo Muñoz Suay estaba orgulloso de haberos hecho coincidir a Juan Antonio Bardem y a ti. Él me dijo que os queríais, incluso demasiado, lo cual debía ser cierto porque al poco rato, entre plato y plato, nos diste el notición de que Juan y tú os acabábais de casar. Y no era este tu único amor ya que la compenetración tuya con Rafael Azcona era de todos conocida. También Azcona era un personaje berlanguiano con el que te reunías a escribir en los lugares más ruidosos de Madrid, como la cafetería de El Corte Inglés siempre repleta de gentes cargadas con sus compras que chillaban sin cesar por conseguir un café. Allí podíais pasar horas hablando de vuestras cosas hasta que, de pronto, algo o alguien hacían saltar la chispa de la inspiración. De esta forma, quiero decir, por inspiración, fue como decidiste hacer cine mientras veías la película de Pabst “El Quijote”. Pero estábamos hablando de tu relación con Azcona. Según tus propias palabras erais pareja de hecho ya que junto a él te sentías un homosexual lésbico. Así de disparatado y sorprendente podía ser todo en tu compañía y nunca conseguí llegar a saber hasta dónde llegaba aquel sentido del humor tuyo que nos dejaba con la boca abierta, ni de dónde procedían algunas ocurrencias o ficciones montadas en la propia realidad porque siempre jugabas al despiste como ocurrió aquel día que, en la puerta de un restaurante donde íbamos a comer, te empeñabas en darle las llaves de tu coche a un cura vestido de moderno con su alzacuellos para que te lo aparcara porque estabas convencido de que esa era su función.

Hubo un tiempo en el que se me antojaba que eras uno más dentro del equipo de la Filmoteca y no debía ser yo sola la que tenía este sentimiento. Recuerdo una mañana en la que, al atravesar uno de los Patios del Ministerio, nos cruzamos con uno de los mozos que habitualmente trabajaba con nosotros y que iba empujando una carretilla repleta de películas que seguramente acaba de retirar de la valija diplomática. José era un muchacho reservado y observador al que casi había que arrancarle una conversación. Luego, cuando empezaba, todo era más sencillo. Pues bien, en el momento en el que pasó por nuestro lado, sin perder de vista la pila de latas que trasladaba con sumo cuidado, dijo: “Bienvenido Mister Marshall” Fue bonito y único aquel encuentro, espero que no se te haya olvidado.

Tu huella quedó en muchos lugares de aquella Filmoteca que nació al amparo de la democracia y coincidiendo con la desaparición de la censura en España, esa que tanto te hizo sufrir y que cortaba metros y metros de tus películas de la manera más absurda. Cuando en 1996 la Dirección General de Relaciones Culturales cumplía cincuenta años, se publicó un libro que por encargo del Director General, Santiago Cabanas fue coordinando nuestro Subdirector Juan Romero de Terreros; un ser especial con quien el trabajo se convertía en divertimento. Ahí en el apartado de cine tuvimos el honor de contar contigo y ahí sigue tu escrito que leo de vez en cuando, sobre todo cuando la nostalgia me oprime.

Pero hoy no he llegado hasta aquí para ponerme triste aunque ahora me viene a la memoria que no pudiste acompañarme a una muestra tuya que se celebró en Universidad Autónoma de México, gracias a la intervención de Iván Trujillo. Creo que habías pasado una ciática que te martirizó durante un tiempo y como es lógico lo último que te apetecía era pasar por doce horas de vuelo.

Mira, Luis, he de confesarte que ando un tanto confundida porque cuando me pongo a recordar nuestras correrías, los recuerdos se me agolpan como queriendo salir todos a la vez y, son tantos, que no sé cómo ordenarlos. Por eso voy a detenerme aquí y esperaré impaciente cualquier señal que puedas enviarme desde donde quiera que estés, porque esto de la Red hace milagros y si conseguimos que funcione ya veremos el modo de no perdernos la pista. De todas formas estás en mi memoria con tus risas y tus bromas y a veces, con tus enfados y así seguirás mientras mi disco duro no se raye. 

Lola Millás, 2012