Beatriz Pecker

Luis fue tan grande que se utiliza su nombre como adjetivo

Luis García Berlanga era una persona fascinante. Bardem lo definió como “un fanfarrón negativo” porque siempre alardeaba de lo peor de sí mismo y de su pesimismo natural. Solía deleitarse contando que nunca había conseguido aprender cómo funcionaba una cámara, que los actores iban por libre y él les dejaba improvisar, que, en sus primera películas, los técnicos más experimentados no le hacían ni caso... en fin, como si él fuera un gran desastre y no el inmenso director y guionista que realmente fue. Cuando comenzó a hacer películas, cada vez que acababa de rodar un plano solía decir “vaya cagada”, aunque el resto del equipo hubiera quedado encantado con el resultado. De ahí que una de sus biografías se titule “Bienvenido Mister Cagada”.

Luis fue tan grande que se utiliza su nombre como adjetivo. Plasmó como nadie esas situaciones un poco surrealistas pero llenas de humor negro que, desde entonces, calificamos de “berlanguianas”. Eso le hacía gracia: ver en un periódico que algo era “berlanguiano” o que algún periodista definiera alguna situación como un nuevo “Bienvenido Mister Marshall”. Pero lo más curioso es que él contaba que muchas de estas situaciones absurdas, increíbles, hilarantes, que reflejaba en sus películas, las sacaba de un breve en un periódico, de una anécdota real, y que lo que él quería era que sus películas fueran un trozo de vida. Y vaya si lo consiguió. De todos modos, como ya he dicho anteriormente, él siempre se quitaba méritos en vez de ponérselos porque, por muy reales que fueran muchas de aquellas anécdotas, él las transformaba mirándolas a través de su prisma tan personal.

Durante años y años Luis fue colaborador de lujo en algunos de los programas que hice en la radio. En la dedicatoria de sus memorias me escribió “en este libro hay bastantes páginas de sadomasoquista, es para mí una satisfacción esta dedicatoria a Beatriz, que ha sido la que más me ha torturado, pero desgraciadamente no con un látigo, sino con el micrófono. Con un beso de tu esclavo”. Durante años estuvo viniendo a la radio. Nunca fallaba, jamás llegó tarde, siempre protestando, eso sí, pero siempre cumplidor. Se consideraba un desastre hablando por la radio pero era maravilloso porque sus opiniones eran siempre distintas a las del resto del mundo, interesantes, inteligentes, divertidas y, sobre todo, libres. No he conocido a ninguna otra persona que dijera lo que pensaba sin importarle las consecuencias. No tenía prejuicios ni hacía caso de lo “políticamente correcto”, una tendencia que los dos odiábamos profundamente. Podías estar de acuerdo o en desacuerdo con él pero su opinión introducía siempre algún elemento nuevo e interesante y nunca complaciente. Una gozada ahora que ya nadie discute para aprender ni para cambiar de opinión, sino para encastillarse aún más en sus propias opiniones. Sus películas son una muestra de su original manera de pensar. ¿A quién si no a él se le puede ocurrir hacer un ataque de la pena de muerte con una historia como la de “El verdugo”?

Luis García Berlanga era también un caos absoluto. Siempre decía que padecía de verborrea y en la radio siempre me pedía que le cortara, pero lo cierto es que era su manera de hablar, también de trabajar. Cuando escribía sus guiones con Rafael Azcona, se iban a un café y allí se ponían a charlar de lo que fuera y una cosa llevaba a la otra y, al final, surgía una estupenda película, películas llenas de acidez y, al mismo tiempo, de ternura. “Todo lo negativo, lo amargo y pesimista de mis películas nace de mí –comentaba en sus memorias–. Lo que sí es cierto es que le daba una forma menos negra que Rafael (Azcona). Quiero a mis personajes, me encariño con ellos a pesar de sus lacras. Cuando muchas veces acabo abandonándolos a su sombrío destino, me dan cierta pena. Son mis hijos putativos y, aunque no voy a salvarlos, les doy un caramelo para hacerles más llevadera la subida al cadalso. No creo que eso sea ternurismo. Es incluso más atroz”. A Luis le interesaban los perdedores y buscar el lado más miserable de nuestra existencia. Si le dabas la enhorabuena por ser Presidente de Honor de la Academia, te contestaba que era lo peor porque, en los Goya, tenías que recibir a las autoridades en la puerta muerto de frío, luego se esperaba que hicieras un buen discurso, cosa que él odiaba, tenías que asistir a los más absurdos y aburridos compromisos en vez de estar en tu casa viendo jugar al Valencia, y encima era un cargo honorífico o sea que no se cobraba. Por supuesto, con estas explicaciones, desaparecía todo el glamour. ¿Quién puede dar una versión más subversiva de un cargo?

Luis fue un librepensador y un libertario. Yo creo que era una de las personas más críticas y lúcidas que he conocido pero, como no se le podía etiquetar, muchos le criticaban desde un punto de vista ideológico. Él reconocía que le habían llamado señorito porque siempre iba bien vestido, que “me llamaron fascista por no ser comunista, comunista por no ser fascista, escapista porque no creo en las monsergas doctrinales. Para mí tomar partido –decía– es renunciar a la libertad”.

Sólo tengo cosas buenas que decir sobre Luis. Era cariñoso, divertido... en su casa se comen unos arroces fantásticos. Salir o viajar con él era toda una experiencia, casi como una de sus películas. Recuerdo una vez, en Valencia. Fuimos a hacer un programa en directo y por la noche nos llevó a cenar, a todo el equipo, a un restaurante especializado en setas. Nos dijo que era fantástico. Entramos, todo el mundo le conocía y saludaba. Se acerca el dueño y le pide un surtido de setas para nosotros y para él... un pescado. “Yo no me fío de las setas –nos dijo–, pero vosotros podéis comerlas si os atrevéis”. Y se quedó tan pancho.

Beatriz Pecker, 2012